#YoMeQuedoEnCasa – Día tercero – Quietud y Silencio

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La calle vacía, vista desde un balcón el 17 de marzo de 2020, en los primeros días del confinamiento

17 de Marzo. Día Tercero.

Una de las cosas que me está llamando la atención del estos días es la sensación de quietud. Todo está en calma, como detenido. Hasta el ruido de coches y motos ha desaparecido. No hay jaleo en la calle y se escuchan, con más ímpetu si cabe, los trinos de pajarillos que ya empiezan a anunciar la próxima primavera. El frío denota que el invierno no se quiere marchar y como si estuviera haciendo una afronta al cambio climático, se deja caer con algún chubasco y hasta nevadas en algunos lugares de nuestro Norte.

Leía estos días algunos libros – es otra de las ventajas de esta situación – que me hablan de la quietud y también del silencio, tan relacionados entre sí. He vuelto a releer algunos capítulos de Elogio de la lentitud, de Carl Honoré, en el que se ofrece una visión que nos acerca e invita a replantear nuestra relación con el tiempo y a vivir con más sosiego.

Son algunas pautas que pueden ayudarnos en el aprendizaje cotidiano para valorar lo que nos está pasando e incorporar una nueva dimensión del tiempo, cómo vivimos, qué hacemos, de las personas con las que compartimos. Incluso la dimensión espiritual, que estamos redescubriendo, forma también parte de esta nueva situación de cara al futuro inmediato.

Honoré plantea algunas cuestiones interesantes sobre lo que ya conocemos del movimiento slow y viene a decir que “esa sensación de que nos falta algo en la vida explica el anhelo global de lentitud” afirmando que “el gran beneficio de ir más lento es que proporciona el tiempo necesario para establecer unas relaciones significativas, con el prójimo, con la cultura, con el trabajo, con la naturaleza, con nuestro cuerpo y con nuestra mente. Algunos llaman a eso vivir mejor”.

Pienso que no deja de ser una aspiración loable la de vivir mejor.

La obligación de este confinamiento, no lo olvidemos, tiene como objeto ganar la batalla al contagio y parar los estragos de este nuevo virus. Y entre los aprendizajes que estamos incorporando, día a día, habrá que incluir que todo esto nos sirva para mucho más que superar el coronavirus entre todos, que ya es bastante.

A medio camino del pasillo entre una habitación y otra, me asomo a la ventana y observo otra sensación que se une a la de quietud. Es la del silencio.

Hace años aprendí de los monjes de Silos que el silencio nos abre a la escucha. ¡Qué contradicción! – podríamos pensar-. Pero no. Tienen razón los frailes – de eso saben mucho las mujeres y hombres que viven en clausura y retiro voluntarios – y el silencio, lo estoy comprobando también estos días, nos permite escuchar muchos sonidos que, con los ruidos cotidianos ahora detenidos, antes no éramos capaces de apreciar. Y en esa escucha, el silencio abierto hace que nos estemos escuchando de cerca unos y otros tanto en el encierro doméstico familiar, como en las comunicaciones digitales.

Así que dos palabras para este día tercero: quietud y silencio. Es bueno aprender a conocer ambas no sólo desde su significado primario sino también y, sobre todo, desde el sentido de actividad y escucha que en su misma esencia nos transmiten.

Portada de «Sobre la brevedad de la vida, el ocio y la felicidad», de Séneca (Acantilado)

Una cita

“Lo que desde luego se exige al hombre es que ayude a los hombres; si es posible, a muchos; si no, a pocos; si no, a sus más allegados; y si no, a sí mismo. Porque cuando se hace útil para los demás, actúa en beneficio de la comunidad”.

Lucio Anneo Séneca

Sobre la brevedad de la vida, del ocio y la felicidad

Acantilado Ed., 2013

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Lo he contado en la radio, en «La Historia entre líneas».

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