Preguntas sin respuesta

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Me ha estremecido escuchar y leer las declaraciones del nuevo obispo de San Sebastián sobre el mal que sufren los «pobres» de Haití, comparándolo, teológicamente según ha explicado, con el mal que se cierne por causa de nuestra pobreza espiritual. «Quizá es un mal mayor el que nosotros estamos padeciendo que el que los inocentes también están sufriendo», concluía el prelado en sus declaraciones que respondían, teológicamente a una pregunta teológica.

Aunque así fuera, ¿a qué vienen estas declaraciones en un momento como éste, en el que el dolor se cierne sobre tantas personas?, ¿qué manera de explicar la existencia de Dios es ésta?, ¿cómo comprender sus declaraciones en un contexto de sufrimiento, comparando el mal del pecado con el de la muerte inesperada y la destrucción que surge de las entrañas mismas de la tierra?.

No lo comprendo, no acierto a situarme en el lugar de este obispo para decir lo que ha dicho en un momento así. Que se hayan extrapolado sus declaraciones, que su intención podía ser otra, que no se haya explicado bien, pueden ser justificaciones a posterori que, en principio, podría aceptar. Pero me caben muchas preguntas para las que no llego a encontrar respuesta. La vida es un don de Dios, el más preciado y valioso. Y sin vida, no hay lugar para la fe, ni para el pecado, ni para el espíritu. Perder la vida, la de la tierra, es no tener opción a pensar siquiera en la eterna, en la del más allá.

¿Cómo explicar que este mismo prelado es representante de la Iglesia en la que son miles y miles de misioneros, religiosas, voluntarios y creyentes que entregan su vida para ayudar a los demás?. ¿Cómo asumir que sus declaraciones prentendían explicar la existencia de Dios, del Jesucristo encarnado, por encima del mal del mundo, del pecado, de la pobreza espiritual?.

¿Cómo encontrar la pureza evangélica en estas afirmaciones que dificilmente pueden ser compartidas ni por el más eminente teólogo, ni por la más entregada misionera, ni por el creyente que se siente Iglesia?.

Puede que se equivocara al contestar (aunque anunciaba que lo iba a decir podía ser fuerte). Puede que no dijera lo que quería decir. Puede que no supiera comunicar lo que quería. Puede, incluso, que en el intento de explicar el mal del mundo, no acertara a poner en una balanza lo que supone la fe y el seguimiento a Cristo y lo que supone la pobreza, la muerte, el dolor, el sufrimiento de un gran número de personas inocentes que han sufrido las fuerzas de la naturaleza.

Puede incluso, que hubiera preferido callar. Pedir por los que sufren, ayudarles en situaciones como éstas. En fín, puede que se haya equivocado y, en vez de rectificar, ha pretendido justificarse.

Para ser justos, prefiero quedarme con los miles de personas que, desde la Iglesia (que no es sólo su jerarquía), siguen trabajando por seguir a Jesús, ayudando a cuántos sufren, a los que mueren de hambre, a los que necesitan lo más básico, a los desfavorecidos de la sociedad opulenta. Esta Iglesia es la que convierte la Bienaventuranzas en su programa de trabajo y esa es con la que me siento identificado. La de quiénes hacen declaraciones de este tipo, me recuerda más a una organización de poder, que a la Iglesia de Jesucristo.

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