El tiempo, los relojes, la vida.

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No acierto a comprender la capacidad que tenemos de hacer del tiempo algo que podamos controlar. A menudo estamos tan liados (en el sentido menos placentero del término), que no tenemos tiempo para casi nada. No nos damos cuenta que pasa, inexorablemente, sin que podamos volver a recuperar algo pasado, salvo que lo hayamos vivido y lo tengamos en la memoria, en el recuerdo, en una foto, en una canción o en un sentimiento.

Hay que vivir para poder recordar. Para atrapar el tiempo. Para sentirse y para sentir. Hay que vivir y no esperar a que llegue algo, sino anticiparnos y vivirlo haciendo que parezca que no pasa el tiempo. Así podremos gozar de un día lluvioso y gris, o de otro soleado y azul. Sólo viviendo podremos ser capaces de amar, de compartir, de disfrutar, incluso de llorar.

Cuando se aproximan los días en los que se cambia la hora, siempre pienso qué fácil parece volver a tener una hora para vivir más; o para que pase sin apenas darnos cuenta. Cuando el reloj se adelanta, parece cómo si nos quitaran un tiempo precioso que no podremos volver a recuperar. En cambio, si las manecillas del reloj se atrasan, como pasará esta noche, tendremos una hora nueva, distinta, virgen, insospechada pero que se nos regala en la madrugada.

Me pasa, en jornadas como la de hoy, que pienso en cuántas horas podemos tener más a lo largo de la vida para vivirlas y cuántas otras se nos escapan de las manos (¿o de la vida?), sin apenas darnos cuenta.

Vivamos todas las horas, todas. Las tristes, las felices, las dichosas, las amargas. Vivamos todo el tiempo que tenemos, todo. Estas líneas de hoy, en días de otoño, de cambios de hora, de fiesta de Santos y Difuntos, de recuerdos, homenajes y añoranzas, de celebraciones, de alegría, de descanso, me llevan sobre todo a tratar de conquistar el tiempo, para vivirlo, para sentirlo, para llenarlo de vida, para no dejarlo pasar.

Para amar, para compartir, para rezar, para vivir.

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