Publicado en la revista EVOCA Pasión, número 9 (Semana Santa de 2020).
Dicen que san Álvaro de Córdoba es el precursor del Vía Crucis en Occidente. Cuando se hacía difícil peregrinar a Tierra Santa para recorrer los pasos del Nazareno en los días de su Pasión, este fraile dominico natural de Zamora llegó a Córdoba y decidió recrear lo que había conocido en su viaje a Jerusalén en 1420. Sus meditaciones servían para vivir espiritualmente aquellos acontecimientos y quizá, como pasa esta Cuaresma de 2020 en que nos vemos obligados a vivir confinados, tengamos en el Vía Crucis una ocasión para recordar la Pasión y vivir la Semana Santa de otra manera. Para Fray Álvaro de Zamora, que luego sería beato y que la Córdoba cofrade reconoce como santo, la meditación estaba antes que la plasticidad, por eso quiso hacer el considerado primer viacrucis hace seiscientos años. Vamos a acercarnos a su génesis.
Una de las devociones piadosas más común en tiempo de Cuaresma y Semana Santa es la del ejercicio del Vía Crucis. Tradición que tiene sus orígenes en la veneración a los hechos y lugares donde tuvo lugar la primera Semana Santa de la Historia, allá en la Jerusalén terrenal. De varias maneras se ha llamado a lo largo del tiempo a este camino de la Cruz, estaciones, vía sacra o dolorosa, pasiones o camino del Calvario que tuvo en Córdoba y hace seis siglos una de las primeras manifestaciones tal y como hoy lo celebramos.
El culto a Cristo en su Pasión se conformó con unos elementos que se basaban en la tradición apostólica y en los escritos de los santos padres Agustín, Gregorio Magno, Ambrosio y Jerónimo y que luego, en la Baja Edad Media, con los sufrimientos, la miseria, el hambre y las epidemias de peste se consolida de manera popular. Porque sería en torno a esos siglos XIV y XV, cuando la contemplación de la Passio Christi se llena de emoción y compasión. Y fue así como se hizo patente una conmemoración que, en las procesiones y actos de piedad popular, en la celebración de la Semana Santa e incluso en la de la eucaristía, lleva constantemente al recuerdo de Cristo en su Pasión.
Los primeros viajes que santa Elena, la madre de Constantino, realiza a Jerusalén descubriendo alguno de los escenarios de la Pasión se verán continuados con el que realiza la monja gallega Egeria en el año 381/384. En sus relatos sobre Tierra Santa (Itinerarium ad Loca Sancta), nos habla ya de unas celebraciones que podrían considerarse, de manera muy débil, como antecedentes del Vía Crucis. En ellos se describen algunos ritos relacionados con la celebración de la Pasión y que concluían en una vigilia de Resurrección (Anástasis) tal vez más cerca de lo que hoy conocemos como triduo sacro y vigilia pascual, que del viacrucis.
Luis Resines en su Historia del Vía Crucis, incluye también el papel de los cruzados que tras las siete cruzadas que hubo entre 1096 y 1270 difundieron las crónicas sobre Tierra Santa, narrando hechos y lugares de los momentos de la Pasión. En torno pues al siglo XII podemos ya hablar de una tradición que empieza a calar entre el pueblo cristiano y que vendrá a configurar un empuje definitivo para el auge de la devoción y culto a la Pasión de Cristo, y las primeras escenas representadas. En el siglo XIII los sermones de san Buenaventura o san Bernardo vendrán a configurar el culto a la Pasión, no solo a las oraciones o celebraciones en todo el año litúrgico sino llegando a los actos más simples de la vida cotidiana.
El movimiento de los flagelantes, para José Sánchez Herrero «se acrecienta en medio del pueblo cristiano desde el siglo XIII en adelante dentro de ese contexto de la devoción e imitación a Cristo doloroso» dando paso a las primeras cofradías en las que la disciplina pública se convierte en práctica popular.
A mediados del siglo XIV cuando se encomienda la custodia de los Santos Lugares en 1342 a la orden de los franciscanos, empieza a tener una mayor relevancia de la Pasión de Cristo en la predicación y en las representaciones iconográficas. Surgen entonces nuevas prácticas devocionales de la mano de los franciscanos que vendrán a conformar el camino de la Cruz no sólo con la ubicación de los lugares de la Pasión, sino también con su memoria y recorrido como práctica piadosa. Maurice Halbwachs afirma que «el camino que siguió Jesús hacia la crucifixión no suscitaba una atención particular. En Jerusalén nadie se puso a buscarlo ni a fijarlo con precisión hasta que en Europa los discípulos de San Francisco convirtieron la reproducción de los sufrimientos de Jesús en un ejercicio espiritual». En ese mismo periodo la labor del beato Henri de Suso preconiza una especie de recorrido espiritual con meditaciones sobre los momentos de la Pasión sin recorrido o desplazamiento.
Junto a los franciscanos serán también los dominicos quienes promocionen una especial veneración a elementos propios de la Pasión, abanderando posteriormente la espiritualidad piadosa de la Contrarreforma. Junto a la influencia en las predicaciones, se observa también una progresiva devoción al Santo Rosario, a los Nacimientos, a la Santa Cruz y al Vía Crucis.
Así llegamos al primer tercio del siglo XV y nos situamos en Córdoba. Dos frailes dominicos Rodrigo de Valencia y Álvaro de Córdoba compran la Torre Berlanga en la Sierra de Córdoba, con intención de establecer un convento pionero de la reforma dominica en España. Han vuelto de su peregrinación a Tierra Santa en 1420, conociendo a fondo los Santos Lugares. Denominan al Escalaceli y fray Álvaro, oriundo de Zamora, quiere recrear algunos de los lugares de la Pasión que había conocido en su viaje a Jerusalén. Con esta iniciativa San Álvaro de Córdoba se convierte en precursor en España y en Europa de una tradición que dará lugar al Viacrucis.
El beato Álvaro de Córdoba recrea la vía sacra jerosolimitana que partía de la ciudad santa y, saliendo de los muros, llega hasta el Gólgota. Y así recrea en la sierra cordobesa varios de los lugares para traer hasta aquí Getsemaní, el arroyo Cedrón, la vía calvarii o la cima de ese imaginario calvario donde coloca tres cruces. Con esta disposición y con distancias similares a las que hay en Jerusalén evoca el dominico su estancia en Palestina. Además, sitúa también unas representaciones con escenas de la Pasión.
Al recorrer estos lugares de la Sierra de Córdoba se va a poner en marcha el sentido del viacrucis que, con las evoluciones posteriores, tendrá unos rasgos que marcan su sentido espiritual y procesional. Espiritual por cuanto evoca con la meditación, la reflexión, la oración o el silencio la Pasión de Cristo. Procesional porque con el desplazamiento de un lugar a otro se genera esa idea de parada, marcha, contemplación o canto.
Y más que el orden de las estaciones o escenas recorridas e incluso su contenido, lo importante es que se inician las señas distintivas que se irán consolidando con el tiempo en la celebración del ejercicio piadoso del viacrucis:
- Marcha o recorrido que se realiza de una estación a otra, espiritual o procesional.
- Paradas que devienen en estaciones (del latín stare), en las que se está de pie haciendo un alto en el camino.
- Escenas para la meditación que recuerdan el hecho, con independencia de que estén basadas en la tradición, en los Apócrifos o en el Nuevo Testamento, centradas en la Pasión. Siempre se recogen las tres caídas que intentan fijar la atención de un Jesús abatido en el camino de la Cruz.
- En la recitación es común el uso de la jaculatoria «Te adoramos, oh, Cristo, y te bendecimos que por tu santa cruz redimiste al mundo» que fue introducida por san Juan de Ávila y que se hace común desde el siglo XVI.
Estos elementos conforman el ejercicio de la vía dolorosa del que san Álvaro de Córdoba, como señala el padre dominico Álvaro Huerga en varias publicaciones, «trajo memoria y traza los pasos esenciales: esto es un recorrido devocional contemplando la Pasión de Cristo, practicando un viacrucis esencial deteniéndose en los pasos que creía más oportunos y sin determinarlos de manera fija». Un viacrucis «en germen nada más» como diría el obispo Fray Albino pero que nos lleva a afirmar que fue en Córdoba, en Escalaceli donde se instauró el primero del mundo.
Algunos modelos de finales del siglo XV como el caso de la beata Eustoquia, clarisa de Messina, en Italia; el del canónigo Alfonso Fernández Cuadrado en España (Zamora) o Adam Krafft por encargo de Martin Ketzel en Núremberg (Alemania), se unen al nuestro conformando el inicio de esta tradición piadosa de la que san Álvaro está considerado como su «introductor en Andalucía, España y Occidente».
También como consecuencia de esta práctica devocional es la creación de sacromontes o calvarios que, como en el caso de Sevilla en 1482 con la Cruz del Campo o como en el nuestro de la ermita del Calvario, de finales del siglo XVI, vienen a recrear el Gólgota en la propia ciudad o en cerros de proximidad a la población favoreciendo la peregrinación individual o colectiva, y su inclusión visual en la vida cotidiana.
Con estos ritos y lugares se facilita a los fieles el recorrido por la vía sacra sin la peregrinación a los Santos Lugares, que cada vez era más difícil. También tenemos una imagen, un mapa, que sitúa los lugares y las escenas de esta práctica piadosa (es el que abre este artículo). Se trata del dibujado a finales del siglo XVI por el holandés Christianus Crucius Adrichomius que recrea los 1322 pasos que, según la tradición, anduvo Jesús en su camino al Calvario y que se ubican en su viacrucis de doce estaciones. El mapa nos da detalle de la ciudad santa y también de algunas escenas bíblicas junto a las de la Pasión y se conforma como una guía visual del Vía Crucis hasta bien entrado el siglo XIX.
También en el siglo XVI, el carmelita Jan Pascha añade dos estaciones más y fija las catorce tradicionales logrando la aprobación de la Iglesia. Este será el que se va haciendo popular en España.
Cuando en 1686 el papa Inocencio XI se da cuenta que las indulgencias por peregrinar a Jerusalén son cada vez menos lucradas por las dificultades de un viaje así en la época, atiende la petición de los franciscanos y les concede que se puedan erigir viacrucis en los templos de la orden de San Francisco. En 1742 el papa Benedicto XIV exhorta a todos los sacerdotes para que coloquen viacrucis. De esta forma se empieza a hacer común en las paredes del interior de las iglesias la colocación de las catorce estaciones para, rezando el viacrucis, ganar las indulgencias como si se hubiera peregrinado a los Santos Lugares. No será la única actuación del papado pues a lo largo de los siguientes pontificados se dictan medidas que van a expandir notablemente la presencia habitual de los viacrucis no solo en los templos franciscanos sino en todas las iglesias. No son ajenas tampoco las influencias de predicadores como San Alfonso María de Ligorio en Italia o Fray Diego José de Cádiz en España que, en sus misiones por Andalucía, fue uno de los grandes divulgadores de la tradición del Vía Crucis.
En el año 1991 el papa san Juan Pablo II creó un nuevo viacrucis que dio a conocer a todo el mundo y que se rezó por vez primera en el Coliseo el Viernes Santo. Un viacrucis que no suple el tradicional, sino que lo complementa y que lo mismo que hay varias plegarias en la celebración eucarística, es otra posibilidad para el ejercicio del Vía Crucis. El texto recoge escenas narradas en los Evangelios, respondiendo a la reforma litúrgica del Vaticano II y junto a las nuevas 14 estaciones que propuso incorpora también la 15ª con la Resurrección.
Como para aquellos devotos del siglo XV que no podían ir a Tierra Santa, esta Semana Santa, confinados y sin procesiones en la calle, el Vía Crucis es un buen aliado para recorrer la Pasión, Muerte y Resurrección que se conmemora. San Álvaro puso los cimientos, el pueblo hizo suyo este ejercicio piadoso y la tradición lo mantiene hasta nuestros días. Y como decía san Juan de Ávila en su Audi Filia enseñándonos el modo de meditar la Pasión, busquemos un lugar recogido, un rato antes que amanezca y con atención «pensad en aquel que tomó sobre sí vuestras miserias y pagó por vuestros pecados por daros a vos libertad y descanso». Y hagamos este recorrido recordando con nuestra imaginación el Vía Crucis del Calvario o el de las Revueltas, que sube desde la Viñuela al Picacho de la Virgen de la Sierra.

Bibliografía
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- PARDO, A. Nuevo «vía crucis»: una propuesta de Juan Pablo II. PPC, 1992.
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- RATZINGER, J. Via Crucis. Encuentro, 2006.
- RESINES, L. «Historia del viacrucis» en Revista de Folklore núm. 412, 2016, disponible en la web de la Fundación Joaquín Díaz (PDF) (se abre en otra pestaña).
- SÁNCHEZ HERRERO, José. «Las cofradías de Semana Santa durante la modernidad. Siglos XV-XVIII». En I Congreso Nacional de Cofradías de Semana Santa. 1987. p. 27-67.
Publicado en la revista EVOCA
Este artículo salió en EVOCA Pasión, número 9, en la Semana Santa de 2020. Aquí puedes descargarlo tal como se publicó, con todas sus fotos. Se reproduce con permiso de la revista.





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