En 1589, el concejo de Cabra autorizó a Francisca Fernández de Córdoba, condesa de Cabra y duquesa de Sessa, a fundar un monasterio de frailes mínimos de San Francisco de Paula, una orden que vivía en cuaresma todo el año, sin probar nunca la carne. Sobre su solar se levanta hoy la parroquia de San Francisco y San Rodrigo.
Antonio Ramón Jiménez Montes explica por qué apenas quedan datos —el archivo de la orden se perdió en Barcelona en 1909 y en 1936—, sigue el rastro de los bienes repartidos por otras iglesias de Cabra y da a conocer el contrato de 1734 de un retablo encargado a los Cañero, retablistas de Écija.




