En agosto de 1849, la Cofradía de Jesús Preso de Cabra, que tenía como hermana mayor a la reina Isabel II, se constituyó como instituto benéfico con unos estatutos que garantizaban a sus hermanos asistencia médica, quirúrgica y farmacéutica, con médicos, cirujanos y botica propia. Podía entrar cualquiera, sin distinción de sexo, edad ni oficio, siempre que no tuviera achaque ni dolencia al apuntarse.
Antonio Ramón Jiménez Montes desgrana estas normas: las recetas que marcaba el hermano mayor, la vigilancia de los cuadrilleros, el «amor y caridad» que se exigía a los médicos y la atención a los hermanos hasta la hora de la muerte.



