Las huertas de Cabra, que celebran a San Antonio en la Huerta Baja y tenían en mayo su romería de los hortelanos, hunden sus raíces en época romana y árabe, pero se consolidan en el siglo XVI: las ordenanzas de la villa de 1593, otorgadas por la condesa Francisca Fernández de Córdoba, empiezan precisamente por las acequias y obligan a los hortelanos a vender primero en el mercado local.
Antonio Ramón Jiménez Montes sigue su rastro en el catastro de Ensenada, en Madoz y en las novelas de Valera, explica cómo el urbanismo convirtió la huerta en un «paisaje roto» y celebra su recuperación con la agricultura ecológica y frutas autóctonas como la pera sanjuanera.



